Miguel Ángel TempranoEconomía, geopolítica e inversión
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La columna de Miguel Ángel Temprano

Europa compra defensa, pero ¿construye industria?

Por · 28 de septiembre de 2026· Inversión· 10 min de lectura

Europa está gastando más en defensa, pero buena parte de ese dinero se convierte en pedidos a empresas extranjeras. No es necesariamente un error. Cuando un ejército necesita un sistema antiaéreo hoy, no puede esperar a que dentro de cinco años una fábrica europea alcance el ritmo necesario. El problema empieza cuando la urgencia se vuelve costumbre y los pedidos nunca llegan a las empresas que podrían fabricar aquí. Entonces Europa paga por estar mejor preparada, pero no necesariamente por depender menos de otros.

En 2025, los países de la Unión Europea destinaron 418.000 millones de euros a defensa, un 20% más que el año anterior. De esa suma, solo el 27,51% fueron a la adquisición de equipos. La cifra invita a pensar en nuevas fábricas y más capacidad de producción. Sin embargo, el gasto total también incluye salarios, operaciones y mantenimiento, y parte de las compras va a parar fuera de Europa. Un presupuesto récord no nos dice, por sí solo, qué podrá fabricar el continente cuando llegue la siguiente crisis.

La cooperación avanza despacio. Solo el 24% de las compras de equipos de 2025 se hizo mediante adquisiciones colaborativas, por debajo del objetivo colectivo del 35% fijado por la Agencia Europea de Defensa. La Comisión quiere que, para 2030, cuatro de cada diez euros destinados a comprar equipos correspondan a compras conjuntas, que al menos la mitad se dirija a material fabricado en Europa y que crezca el comercio de defensa entre países de la Unión. Son metas ambiciosas. De momento, los gobiernos siguen decidiendo buena parte de sus compras por separado.

Y cada decisión separada tiene consecuencias. La Comisión contabiliza 121 sistemas de armas distintos entre los miembros de la UE, frente a 21 en Estados Unidos. No todos esos sistemas cumplen exactamente la misma función, pero la diferencia ilustra el grado de fragmentación. Si cada país tiene modelos distintos de aviones, tanques o comunicaciones, hacen falta repuestos, formación y mantenimiento para cada uno. Los ejércitos tienen más dificultades para operar juntos y los fabricantes reciben pedidos menores, con menos margen para reducir costes.

Europa puede gastar cifras récord y seguir sin comprar a la escala que necesita.

Entiendo por qué los gobiernos protegen a sus empresas nacionales. El material militar no es un bien de consumo que pueda cambiarse de proveedor sin más. Depender de otro país para obtener munición o reparar aviones puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica. Pero proteger una industria nacional no garantiza autonomía. Una empresa europea puede depender de minerales, sensores o software importados; un contrato reservado a un fabricante local puede costar más y tardar más en entregarse que un pedido compartido. La sede de la compañía no cuenta toda la historia.

Mientras tanto, los proveedores estadounidenses sí pueden entregar algunos de los equipos que Europa necesita con urgencia. Entre 2021 y 2025, las importaciones europeas de grandes armas más que se triplicaron respecto al quinquenio anterior. Estados Unidos suministró el 48% del volumen de las transferencias de armas recibidas por Europa y el 58% de las recibidas por los miembros europeos de la OTAN. Esos porcentajes miden volumen de transferencias, no el valor de todas las compras. SIPRI destaca el peso estadounidense en aviones de combate y sistemas de defensa aérea de largo alcance.

No cuesta entender la elección de un gobierno que necesita cubrir ahora un hueco en su defensa. Pero, si todos recurren fuera cada vez que hay prisa, los pedidos que permitirían ampliar la producción europea no llegan nunca. A una empresa no le basta con que un ministro diga que quiere fortalecer la industria. Necesita contratos previsibles y de suficiente tamaño para invertir en instalaciones, proveedores y personal. Ninguna compañía va a levantar una línea de producción costosa con la esperanza de que, cuando termine la emergencia, los gobiernos sigan interesados.

La industria europea, en cualquier caso, ya está creciendo. Los ingresos militares de las principales compañías europeas aumentaron un 13% en 2024, hasta 151.000 millones de dólares. Veintitrés de las 26 empresas europeas incluidas en la clasificación de SIPRI registraron mayores ingresos. Algunas amplían fábricas y líneas de producción. Alemania, Francia, Italia, Suecia y España cuentan con empresas que producen aviones, vehículos, barcos, munición, radares y sistemas electrónicos. Negar esa base industrial sería tan equivocado como dar por hecho que ya puede abastecer al continente.

La distancia entre ambas cosas se aprecia al mirar qué sale de las fábricas. Europa produce más obuses que en 2022 y ha elevado la fabricación de munición de artillería. Sin embargo, un análisis de Bruegel y el Instituto de Kiel estima que la producción de carros de combate y vehículos de infantería tendría que multiplicarse hasta por seis para igualar el ritmo de rearme ruso contemplado en su estudio. También detecta carencias en misiles y tecnologías avanzadas. La capacidad industrial no se enciende como una luz. Hace falta contratar trabajadores, asegurar los componentes y tener pedidos durante años.

Los contratos de hoy deciden qué podrá producir Europa dentro de cinco años.

La industria europea tampoco trabaja necesariamente para cubrir necesidades europeas. Francia y Alemania cuentan con grandes exportadores, pero buena parte de sus ventas se dirige fuera del continente. Polonia, en cambio, ha importado grandes cantidades de armas para responder a una amenaza más inmediata desde su frontera oriental. Hay razones legítimas detrás de esas diferencias. Lo que falta es una planificación capaz de relacionar los pedidos nacionales con las capacidades que el conjunto de Europa necesita construir.

La Comisión calcula que la falta de coordinación y la dependencia de proveedores externos suponen costes anuales de entre 18.000 y 57.000 millones de euros. No leería esa estimación como una bolsa de ahorro que aparecerá automáticamente si Europa sustituye cada compra extranjera por una europea. Parte del coste nace de duplicar sistemas, fragmentar pedidos y negociar desde posiciones distintas. Para reducirlo, los países tendrían que acordar especificaciones comunes y aceptar que las fábricas que abastecen a Europa no estén necesariamente en su propio territorio. Eso exige confianza política. No se consigue con una nueva etiqueta en el contrato.

El instrumento SAFE intenta empujar en esa dirección. Ofrece hasta 150.000 millones de euros en préstamos de la Unión para financiar compras conjuntas. En los contratos cubiertos, no más del 35% del coste de los componentes puede proceder de fuera de la UE, Ucrania y los países elegibles del Espacio Económico Europeo y la Asociación Europea de Libre Comercio. Dieciocho planes nacionales han recibido luz verde. Es un paso hacia una demanda más integrada, aunque SAFE no entrega subvenciones: la Comisión capta fondos emitiendo deuda y los Estados beneficiarios tienen que devolver los préstamos.

La cifra de 800.000 millones asociada al plan ReArm Europe también necesita contexto. No es un fondo común que Bruselas vaya a repartir entre los ejércitos. Es una estimación de los recursos que podrían movilizarse combinando SAFE, la flexibilidad presupuestaria de los países y otras fuentes públicas y privadas. La cláusula de escape permite elevar temporalmente el gasto en defensa bajo ciertas condiciones. Da margen fiscal. No borra el déficit ni los intereses que habrá que pagar.

Una compra urgente puede resolver una carencia militar; no crea por sí sola una capacidad industrial duradera.

El FMI dice que el impulso económico del gasto en defensa depende, entre otras cosas, de dónde se hacen las compras y de cómo se financian. Si el pedido se fabrica fuera, parte de la demanda y del empleo también se desplaza al país proveedor. Si se adquiere tecnología europea, puede estimular la producción local, aunque el resultado será menor si los componentes críticos también se importan. El efecto no viene incluido en la factura.

El Fondo ha estudiado episodios internacionales de expansión militar en los que el déficit público aumentó, en promedio, 2,6 puntos del PIB y la deuda unos siete puntos tres años después. Esa cifra no es una previsión para Europa. Es una advertencia sobre el coste de sostener durante años un aumento del gasto sin ingresos adicionales o recortes en otras partidas. En su estudio específico sobre los países de la UE, el FMI encuentra efectos económicos mayores cuando la intensidad importadora es menor, las condiciones de financiación son mejores y la inversión pública se gestiona con más eficacia. También advierte que el rearme europeo actual es más amplio y sincronizado que los episodios del pasado. No sabemos si el impulso que funcionó entonces se repetirá ahora.

La investigación y el desarrollo importan precisamente por eso. El gasto de la UE en I+D de defensa fue de 17.000 millones de euros en 2025 y se espera que alcance 20.000 millones en 2026. La cifra crece, pero Europa todavía va por detrás de Estados Unidos en varias tecnologías, entre ellas los drones, los misiles y la guerra electrónica. Comprar una plataforma avanzada mejora las capacidades del ejército que la recibe. Si Europa no puede actualizarla o adaptar su software, la dependencia continúa una vez entregado el equipo.

A mí me parece que aquí se juega la diferencia entre adquirir armas y construir autonomía. No hace falta que Europa fabrique cada tornillo ni que prescinda de aliados. Hace falta saber qué sistemas son esenciales para la seguridad del continente, quién puede mantenerlos y qué cadenas de suministro podrían interrumpirse en una crisis. También importa dónde queda el conocimiento. El ensamblaje final puede hacerse en Europa mientras el motor, los sensores o el software dependen de proveedores externos. En cambio, un programa multinacional bien organizado puede repartir la producción entre varios países y crear una cadena más resistente que un campeón nacional protegido de la competencia.

Tampoco conviene confundir autonomía con autarquía. Comprar fuera puede ser sensato si Europa no cuenta con un sistema equivalente y lo necesita rápido. Pero esa decisión debe ir acompañada de un plan para sostenerlo: mantenimiento, repuestos, acceso al software y capacidad de modificarlo. Si no, el comprador queda expuesto a que el fabricante o su gobierno decidan qué actualizaciones recibe y cuándo.

Si el dinero se reparte entre pedidos pequeños y diseños nacionales, el continente comprará más sin alcanzar economías de escala.

La deuda que Europa asuma para reforzar su seguridad puede estar justificada. La defensa protege algo que los presupuestos no suelen medir hasta que se pierde. Pero llamar inversión a todo gasto militar no lo convierte en inversión productiva. La prueba estará en lo que quede después de entregar el material. Si hay fábricas capaces de mantener el ritmo, trabajadores formados, tecnología que pueda evolucionar y contratos compartidos, Europa habrá comprado algo más que equipos.

Si, en cambio, la mayor parte del esfuerzo se va en pedidos urgentes a proveedores externos y cada país conserva sus propios modelos, el continente habrá ganado tiempo. En las circunstancias actuales, ese tiempo puede ser necesario. Lo que no debería hacer es confundirlo con haber construido una industria capaz de defenderlo.

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