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Trump puede haber encontrado el arma que realmente amenaza al régimen iraní

September 7, 2026· Geopolitics· 12 minute read

Estados Unidos ha pasado de encarecer el petróleo iraní a intentar impedir que distribuya, se cobre y pueda gastarse. La diferencia parece técnica, pero no lo es. Si el bloqueo mantiene cerradas esas tres puertas, el régimen dejará de enfrentarse únicamente a otra ronda de sanciones y empezará a perder las divisas con las que sostiene subsidios, importaciones, seguridad interior y lealtades. Pero Trump todavía no ha ganado el pulso. Irán conserva el estrecho de Ormuz, China y una capacidad de resistencia que conviene no subestimar. Aun así, por primera vez en décadas, Washington puede haber encontrado el punto exacto donde el petróleo deja de proteger a Teherán y comienza a ahogarlo.

Durante décadas Estados Unidos ha intentado asfixiar económicamente a Irán con resultados bastante discutibles. Ha congelado activos, perseguido bancos, sancionado petroleros, amenazado a intermediarios, prohibido operaciones en dólares y colocado en listas negras a media arquitectura comercial iraní. Teherán, mientras tanto, aprendió a convivir con ello. Vendía petróleo con descuento, apagaba los transpondedores de los barcos, cambiaba banderas, triangulaba operaciones a través de Dubái, Malasia o Hong Kong y encontraba siempre alguna refinería china encantada de comprar un barril más barato de lo normal. Las sanciones hacían daño, mucho daño, pero nunca consiguieron cerrar la puerta.

Ahora Trump está intentando otra cosa. Y ésta sí podría ser diferente.

El petróleo sigue existiendo, pero deja de convertirse en divisas.

La diferencia puede resumirse en un dato. Irán llegó a cargar alrededor de dos millones de barriles diarios de petróleo el pasado marzo. En agosto esa cifra había caído a aproximadamente 220.000-255.000 barriles diarios, dependiendo de la empresa de seguimiento marítimo utilizada. Estamos hablando de una reducción cercana al 90% en apenas unos meses. Durante las siete semanas posteriores al restablecimiento del bloqueo estadounidense, prácticamente ningún cargamento iraní importante consiguió atravesar el estrecho hacia China.

Quédense con esto, porque probablemente sea la clave de toda la historia. Las sanciones tradicionales pueden conseguir que un barril iraní valga menos, que sea más difícil asegurarlo, transportarlo o cobrarlo. Pero mientras alguien consiga llevárselo, continúa convirtiéndose en dinero. Un bloqueo físico hace algo bastante distinto. El petróleo sigue existiendo, incluso puede seguir produciéndose, pero deja de convertirse en divisas.

Y el régimen iraní no vive del petróleo. Vive de lo que puede comprar con él.

Estados Unidos parece haber entendido finalmente dónde estaba la verdadera vulnerabilidad. Washington está intentando cerrar simultáneamente tres puertas. Que Irán no pueda exportar con normalidad su petróleo, que tenga cada vez más dificultades para cobrarlo y que después tampoco pueda utilizar fácilmente ese dinero para pagar importaciones.

Ésa es una estrategia bastante más peligrosa para Teherán que simplemente añadir unas cuantas empresas más a una lista de sancionados.El Tesoro estadounidense bautizó recientemente su nueva campaña como Operation Economic Outcast. Scott Bessent, el Secretario del Tesoro norteamericano, llegó a describirla como una especie de “D-Day económico”.

Dejemos a un lado la grandilocuencia, que en Washington nunca escasea. Lo interesante es el objetivo declarado. Estados Unidos quiere romper las conexiones financieras internacionales que durante años han permitido a Irán continuar comerciando a pesar de las sanciones.

Y aquí aparece Dubái.

Emiratos Árabes Unidos ha sido durante décadas uno de los grandes pulmones económicos iraníes. No sólo por proximidad geográfica. Dubái ha proporcionado bancos, intermediarios, compañías pantalla, sistemas informales de compensación y una enorme infraestructura comercial que permitía comprar fuera lo que Irán no podía adquirir directamente. El comercio bilateral llegó a rondar los 28.000 millones de dólares en 2024.

Cuanto menos dinero tiene Irán, más caro le resulta esquivar el sistema que se lo quita.

Washington está atacando ahora ese circuito. FinCEN ha señalado sucursales bancarias en Emiratos por procesar miles de millones vinculados a Irán, OFAC ha sancionado responsables bancarios y, todavía más importante, Abu Dhabi anunció en agosto la suspensión de determinadas operaciones comerciales y financieras con Teherán.

Si ese cierre se mantiene de verdad, Irán tendrá que comprar a través de rutas más largas, más caras y opacas. Cada intermediario adicional exigirá su comisión y cada agente que acepte asumir el riesgo de una sanción estadounidense pedirá cobrar más. Es aquí donde las sanciones empiezan a comportarse de una manera especialmente desagradable para Teherán. Cuanto menos dinero tiene, más caro le resulta esquivar el sistema que precisamente le está quitando el dinero.

Pero falta China, naturalmente.

Durante años China ha sido la gran explicación del fracaso parcial de las sanciones estadounidenses. Las exportaciones iraníes de crudo y condensados hacia China pasaron de poco más de 300.000 barriles diarios en 2020 a aproximadamente 1,44 millones en 2024. Hoy alrededor del 90% del petróleo iraní exportado acaba, directa o indirectamente, en China. No olvidemos que el verdadero objetico del ataque de los EE.UU a Irán, no era la bomba nuclear. Sin quitar la importancia a la bomba su objetivo primario era impedir el suministro del petróleo iraní a China.

Las pequeñas refinerías independientes de Shandong, las famosas teapots, han comprado durante años petróleo iraní porque estaba barato. Washington podía sancionarlas, pero Pekín podía ignorar la amenaza. El juego era sencillo. Irán ofrecía descuento, China compraba y todos fingían que aquello era mucho más misterioso de lo que realmente era.

Los inventarios flotantes han convertido el bloqueo en un reloj.

El bloqueo cambia la ecuación porque China puede ignorar una sanción estadounidense, pero tiene imposible comprar un barril que físicamente no consigue salir del Golfo.

Todavía existe petróleo iraní almacenado fuera de la zona bloqueada. A finales de agosto quedaban más de cien millones de barriles iraníes a flote, aunque el volumen ya había caído significativamente. Dentro de Ormuz permanecían atrapados otros 36 millones de barriles cargados en decenas de petroleros. Hay además buques sancionados esperando vacíos frente a Sri Lanka porque pueden entregar su carga, pero tienen enormes dificultades para regresar a Irán y volver a cargar. Se estima que Irán todavía dispone de unos 42 millones de barriles almacenados en petroleros fuera de la zona bloqueada, una reserva que permite seguir abasteciendo temporalmente a China, pero que no puede reponer mientras continúe cerrado el acceso a sus puertos. Más o menos la producción de 20 días anterior al comienzo del conflicto.

Eso convierte los inventarios flotantes en un reloj. China puede seguir comprando mientras quede petróleo iraní almacenado fuera del Golfo. Pero, si esos stocks continúan reduciéndose y el bloqueo permanece, llegará un momento en que el problema no será encontrar comprador. Será encontrar petróleo iraní accesible al comprador.

Hasta aquí podría parecer simplemente otra historia sobre exportaciones. No lo es porque la economía iraní ya estaba extraordinariamente debilitada antes de que comenzara este estrangulamiento.

El FMI espera para Irán una contracción cercana al 5,4% este año. La inflación ya ronda el 70% y en determinados componentes relacionados con alimentación esta crece todavía más deprisa. El rial ha pasado de aproximadamente un millón por dólar hace un año a superar ampliamente los dos millones. En términos sencillos, la moneda iraní ha perdido cerca de la mitad de su valor frente al dólar en doce meses. En román paladino, vende poco y, con lo que obtiene, compra la mitad que antes.

Permítame el lector una pequeña incursión monetaria porque aquí está probablemente el mecanismo más peligroso para el régimen. Si el Estado pierde ingresos petroleros puede recortar gasto, subir impuestos, consumir reservas o financiar el déficit creando dinero. Las dos primeras alternativas son políticamente explosivas, las reservas se terminan y la última opción alimenta una depreciación todavía mayor del rial.

Menos petróleo exportado significa menos dólares;menos dólares reducen la capacidad del Banco Central para sostener la moneda; un rial más débil encarece las importaciones; las importaciones más caras aumentan la inflación; la inflación obliga a aumentar salarios, subsidios y gasto público; el déficit crece y el Estado necesita todavía más financiación. La definición de destrucción de valor

No hace falta ser monetarista para imaginar cómo puede terminar la historia.

Los datos sociales son incluso peores. Irán habría perdido alrededor de 450.000 empleos respecto al año anterior y el desempleo oficial supera el 9%, aunque la caída de la participación laboral probablemente esconda parte del deterioro real. El salario medio mensual se sitúa en torno a 125 dólares mientras que una estimación oficial del coste de las necesidades básicas de una familia ronda los 450. Por lo que ese 9% esconde una realidad fatal, la población cada vez es más pobre, pero pobre en términos absolutos.

La cohesión del aparato que protege al régimen también cuesta dinero.

Es decir, el trabajador medio ingresa bastante menos de un tercio de lo que una familia necesita para cubrir lo básico. Y esto sucede después de que las protestas de enero obligaran al régimen a desplegar una represión de una intensidad extraordinaria.

Cuando Jomeini regresó a Teherán, Irán era uno de los países con mayores perspectivas económicas de Oriente Medio. Casi medio siglo después, el resultado es difícil de maquillar. El PIB real por habitante esta aproximadamente un 20% por debajo del nivel que tenía en 1977, antes de que la revolución comenzara a paralizar la economía. Y si Irán hubiera conseguido desde entonces un modestísimo crecimiento del 2% anual por habitante, hoy su renta sería más de tres veces superior a la actual.

Aquí conviene no caer en una tentación frecuente cuando analizamos regímenes autoritarios. Una población empobrecida no implica automáticamente un gobierno a punto de caer. Cuba lleva décadas demostrando lo contrario. Corea del Norte no necesita demasiadas explicaciones y Venezuela tampoco. Un régimen puede trasladar una cantidad enorme de sufrimiento hacia la población mientras conserve cohesionado el aparato que lo protege.

Por eso la pregunta importante no es todavía si los iraníes pueden soportar mucho más. La pregunta es cuándo el deterioro económico empieza a afectar a quienes tienen que garantizar que el sistema continúe funcionando.

La Guardia Revolucionaria es esencial en esta historia. No es únicamente una fuerza militar. Participa en empresas, infraestructuras, comercio, energía, seguridad interior y buena parte de la economía informal que permite al régimen sobrevivir. Mientras el IRGC, el Basij, el ejército y las élites religiosas mantengan cohesión, la República Islámica puede soportar muchísimo dolor económico.

Pero mantener esa cohesión también cuesta dinero.Y ésa es precisamente la razón por la que el corte de divisas resulta mucho más peligroso que cualquier sanción anterior. Si el Estado empieza a tener dificultades para financiar simultáneamente subsidios, salarios públicos, importaciones, aparato militar, seguridad interior y redes clientelares, entonces el problema deja poco a poco de ser macroeconómico.

Hay otro dato que resume bastante bien la paradoja iraní. Teherán podría enfrentarse en los próximos meses a problemas de suministro de gasolina pese a poseer algunas de las mayores reservas de hidrocarburos del planeta. Irán produce muchísimo petróleo, pero determinadas limitaciones de refinado lo obligan a importar combustibles. Fuentes iraníes han llegado a hablar de reservas equivalentes a unos dos meses de consumo y Bessent sostiene que ya se producen colas de varias horas en algunas estaciones.

Pocas imágenes pueden deteriorar más rápidamente la percepción de competencia de un régimen petrolero que ciudadanos haciendo cola durante horas para conseguir gasolina.

Trump, sin embargo, tampoco tiene ganado el pulso.

Irán posee su propia arma económica y se llama estrecho de Ormuz. Antes de la guerra pasaba por allí aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado transportado mundialmente por mar. El tráfico marítimo ha llegado a caer desde más de 130 buques diarios a cifras de un solo dígito en algunas jornadas recientes. El Brent vuelve a acercarse a los cien dólares.

Washington espera que Irán se quede antes sin divisas; Teherán, que Trump se quede antes sin paciencia electoral.

Teherán sabe perfectamente cuál es su apuesta. Si consigue que el coste de gasolina, diésel, transporte marítimo y electricidad suba suficientemente en Estados Unidos y Europa, puede transformar una guerra económica contra Irán en inflación occidental. Y además tiene una fecha política delante, las elecciones estadounidenses de noviembre.

En cierto sentido estamos viendo una carrera entre dos relojes. Washington espera que Irán se quede antes sin divisas. Teherán espera que Trump se quede antes sin paciencia electoral.

Por eso sigo sin comprar la idea de que el régimen iraní vaya a caer necesariamente. No tenemos evidencia de fracturas significativas dentro de la Guardia Revolucionaria ni del aparato coercitivo y ésa sería, para mí, la señal verdaderamente importante. Tampoco sabemos exactamente cuánto dinero líquido conserva Teherán o cuánto puede ayudar China si decide implicarse mucho más.

Pero sí sabemos algo que hace unos meses no sabíamos.

Durante cuarenta años Estados Unidos intentó dificultar que Irán vendiera su petróleo y Teherán aprendió a hacerlo de todas formas. Trump está intentando impedir que lo saque, que lo cobre y que después pueda gastar lo cobrado.

Si consigue mantener esas tres puertas cerradas durante varios meses, la pregunta dejará de ser cuánto daño económico puede soportar Irán. Empezará a ser cuánto deterioro económico puede soportar la propia arquitectura política que mantiene en pie a la República Islámica.

Y ahí, precisamente ahí, Trump puede haber encontrado finalmente un arma que las sanciones nunca fueron.

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