Miguel Ángel Temprano
Ormuz no necesita cerrarse para encarecerlo todo
Irán no necesita bloquear el estrecho para hacer daño, le basta con que cruzarlo sea caro, lento e incierto. El seguro de un petrolero se ha multiplicado hasta por cuarenta, el flete se ha quintuplicado y el diésel cotiza casi al doble que el crudo, mientras la Fed y el BCE suben tipos contra una inflación cuya mitad, según el FMI, es puro miedo. Cada comunicado sin verificar de la Guardia Revolucionaria encarece el seguro, el flete y el diésel. Los bancos centrales responden subiendo tipos, pero ningún tipo de interés saca un barril más de Ormuz.
El jueves, la Guardia Revolucionaria iraní anunció que había alcanzado siete buques cerca del estrecho de Ormuz. Cuatro habrían ardido mientras trasvasaban crudo de un barco a otro y los otros tres habrían tocado minas. Trump respondió que era un montaje para subir el petróleo antes de las elecciones del 3 de noviembre, y ninguna autoridad marítima independiente ha confirmado la mayoría de esos ataques. Da igual. El Brent subió ese día un 4%, hasta los 113 dólares, y el viernes ya cotizaba en 114.
Irán ha descubierto que no necesita cerrar Ormuz para hacer daño. Le basta con que pasar por allí resulte caro, lento e incierto. El coste de esa incertidumbre no lo pagan los generales de Teherán, lo paga el transportista que llena el depósito de su camión y la familia que ve cómo sube la cesta de la compra. Y llega cuando la Reserva Federal y el BCE, que ya han empezado a subir tipos, tienen que decidir si siguen apretando contra un enemigo que la política monetaria no alcanza.
En 1973 los productores árabes cerraron el grifo y Occidente aprendió la lección con colas en las gasolineras; de aquella crisis nació la Agencia Internacional de la Energía. Hoy el grifo sigue abierto a ratos, pero cada barril que sale del Golfo lleva encima una mochila que antes no existía.
Empecemos por el seguro. Antes de la guerra, la prima por riesgo bélico de un petrolero rondaba el 0,25% del valor del casco. Hoy oscila entre el 3% y el 10%. Para un barco de 100 millones de dólares, eso significa pasar de unos 250.000 dólares a pagar entre 3 y 10 millones. Lo revelador es cómo se forma ese precio. Entre el 10 y el 20 de octubre la Guardia Revolucionaria anunció impactos de minas en al menos cinco ocasiones, ninguno confirmado de forma independiente. Cada anuncio, aun así, encareció la cobertura de todo el mercado.
Un comunicado sin verificar ya mueve más dinero que muchos misiles
Luego está el flete. Según la AIE, a mediados de octubre llevar crudo del Golfo a Asia en un gran petrolero costaba más de 37 dólares por barril, cinco veces lo que costaba antes de la guerra. Un supertanquero con dos millones de barriles cruzará de Estados Unidos a Japón a finales de noviembre por 81 millones de dólares; el año pasado ese mismo viaje costaba de media 9,1 millones. ¿Por qué tanto? Porque los exportadores, para esquivar el estrecho, sacan el crudo en barcos pequeños y lo trasvasan a supertanqueros en el golfo de Omán. Esa maniobra inmoviliza buena parte de la flota mundial y encarece hasta rutas que nada tienen que ver con Irán.
Hay algo más, y dice mucho del tipo de guerra que es. Según Kpler, en las dos semanas previas al 23 de agosto cerca del 80% del tráfico de Ormuz cruzó con el transpondedor apagado, de noche y pegado a la costa de Omán, con vigilancia aérea estadounidense y ventanas de paso asignadas por la Marina. Funciona, porque el crudo sale y el precio no se ha disparado más. Pero tiene un efecto secundario. Nadie sabe con exactitud cuánto petróleo cruza; el Departamento de Energía calculaba entonces entre 8 y 9 millones de barriles diarios, el doble de lo que mostraban los rastreadores.
El petróleo llega, pero llega a ciegas, y un mercado a ciegas cobra prima
Lo vemos en otro dato que casi nadie comenta. Los futuros del Brent, que son el precio que sale en los telediarios, rondaban los 107 dólares a mediados de mes. El Brent físico, el que se paga por un cargamento real del mar del Norte, estaba en 134. La pantalla dice una cosa y el muelle dice otra, y quien tiene que llenar depósitos compra en el muelle.
El eslabón que más me preocupa no es la gasolina. Es el diésel. En septiembre el gasóleo mayorista superó los 200 dólares por barril en Singapur y rozó los 220 en Europa y Estados Unidos, casi el doble que el crudo. Oriente Medio exportaba antes de la guerra 4,7 millones de barriles diarios de productos refinados y en septiembre apenas 1,9. La AIE no espera reconstruir los inventarios de gasóleo antes de la segunda mitad de 2027. Como el diésel mueve camiones, tractores y pesqueros, lo que hoy se ve en el surtidor aparece mañana en el precio de la fruta.
En Estados Unidos la gasolina sube un 34,2% interanual y explicó más de la mitad del repunte del IPC de septiembre, que llegó al 3,7%. La eurozona está en el 3,8%, con la energía subiendo un 18,8%. España está peor que sus vecinos, y la diferencia no se explica solo por el petróleo.
La rebaja fiscal amortigua el golpe. La gasolina está en 1,78 euros por litro y el diésel en 1,89, unos 20 céntimos por debajo de la media europea. Pero es un colchón prestado. El FMI recuerda en su último informe que las medidas que contienen precios cuestan entre 3 y 22 veces más que las ayudas directas a los hogares vulnerables, y el calendario del decreto hace que el escalón fiscal coincida con las urnas.
El IPC español cerró septiembre en el 4,9%, su nivel más alto desde febrero de 2023, y con la medida armonizada llegamos al 5%, por encima de Alemania, Francia e Italia. La subyacente ya está en el 3,1%, señal de que el contagio a otros precios ha empezado. Y el alivio tiene fecha de caducidad. La bonificación de 20 céntimos por litro de octubre bajará a 13 en noviembre y a 6 en diciembre, de modo que los españoles votarán el 29 de noviembre en plena retirada de esa ayuda.
Qué quieren que les diga, no envidio a quien tenga que explicar el dato de inflación de enero.
Creo que se está contando mal una parte. Se repite que la guerra llega cuando los bancos centrales pensaban en cómo contener la inflación. En realidad ya la estaban conteniendo, o al menos lo intentaban. La Fed subió tipos el 16 de septiembre, la primera vez desde julio de 2023, y los dejó en el 3,75%-4%. El BCE ha subido dos veces este año, en junio y en septiembre, hasta el 2,5%. La pregunta ya no es si endurecer, sino cuánto más.
Lo más útil del último informe del FMI no es su previsión de una inflación mundial del 4,7%. Es que descompone el precio del petróleo en tiempo real y separa lo que es escasez física de lo que es miedo. Su conclusión es que en esta guerra las dos cosas han pesado más o menos lo mismo. La mitad de la subida, por tanto, es prima de riesgo. Y esa prima, según sus estimaciones, tiene un efecto sobre la inflación que se disipa en seis meses a un año y ninguno medible sobre el empleo.
Dicho sin rodeos, subir tipos no saca un barril más de Ormuz ni rebaja la prima del seguro de un petrolero. Lo que sí hace es encarecer la hipoteca, el crédito a la empresa y la refinanciación de un Estado que ya paga bastante más que hace un año. El bono español a diez años tocó el 4,13% el 5 de octubre, máximos desde 2013. El Bund alemán llegó al 3,62% en septiembre, algo que no se veía desde 2009.
¿Deben entonces quedarse quietos los bancos centrales? No. El riesgo real son los efectos de segunda ronda, cuando salarios y servicios empiezan a perseguir al diésel. Una cosa es vigilar ese contagio. Otra muy distinta es subir tipos para responder a un comunicado de la Guardia Revolucionaria.
Casi todos los economistas esperan pausa en la Fed el 28 de octubre y en el BCE el 29, y subidas en diciembre. Los mercados descuentan unos 75 puntos básicos de subidas en la eurozona hasta septiembre de 2027. A mí me parece demasiado para una inflación cuya mitad depende de lo que ocurra en una franja de mar de 33 kilómetros.
El jueves el petróleo marcaba máximos de cinco meses y, sin embargo, el bono estadounidense a diez años, que la semana anterior había llegado al 5,36%, cayó hasta el 4,96%. El detonante fue el castigo a las tecnológicas, no Irán. Pero en la semana subían más de un 3% la energía, el consumo básico y la salud, los sectores donde uno se esconde cuando teme por el crecimiento.
Con el crudo en máximos, el jueves los inversores compraron bonos, y eso es miedo a la recesión, no a los precios
Esta segunda ola me inquieta más que la de marzo. Entonces el sistema tenía amortiguadores y los usó. El FMI calcula que, sin ellos, el cierre de Ormuz habría puesto el crudo en una media de 110 dólares este año y restado casi un punto al crecimiento mundial. La producción fuera del Golfo, los desvíos y las reservas estratégicas dejaron el daño en 0,3 puntos. Esa munición ya está disparada.
Los inventarios mundiales observados están 509 millones de barriles por debajo de los de finales de febrero. La reserva estratégica estadounidense ha caído a 283 millones de barriles, su nivel más bajo desde 1982. Y la capacidad ociosa de la OPEP+ es casi ficticia. Arabia Saudí puede producir 12 millones de barriles diarios y bombeó 8,3 en septiembre, pero lo que no produce está al otro lado del estrecho. La AIE estima la capacidad ociosa efectiva de todo el grupo en 270.000 barriles diarios, casi nada en un mercado de más de cien millones.
A eso se suma el segundo frente. Los hutíes atacan instalaciones saudíes y por Bab el Mandeb solo han pasado este mes 373.000 barriles diarios de crudo saudí, el mínimo desde febrero. Sin el mar Rojo, el oleoducto saudí hacia Yanbu sirve de poco.
¿Qué busca cada uno? Irán quiere alivio de sanciones y el fin del bloqueo a sus puertos, y ha comprobado que cada titular sobre minas le da poder negociador sin necesidad de un disparo verificable. Trump necesita gasolina barata hasta el 3 de noviembre; por eso ha descartado atacar antes de esa fecha y, según el Financial Times, frenó una ofensiva israelí prevista para el fin de semana del 10 de octubre. Netanyahu, que se juega la reelección el martes, quería lo contrario.
Por eso creo que el precio actual no descuenta la paz. Descuenta un aplazamiento. Las fuentes del Financial Times ven razonable que la guerra se reanude tras las elecciones, y el FMI ya tiene escrito ese escenario. Si el conflicto se alarga hasta mediados de 2027 con Ormuz y Bab el Mandeb casi cerrados, el crudo iría a 130 dólares entre el último trimestre de este año y el primero del siguiente, y la inflación mundial de 2027 sería 1,1 puntos más alta.
No sé si eso ocurrirá. Sí sé qué cifra vigilaría. No es el Brent de la pantalla, es la distancia entre ese Brent y el del muelle. Mientras esa brecha siga abierta, el arma de Teherán funciona sin necesidad de cerrar nada, y los bancos centrales seguirán intentando apagar con tipos de interés un incendio que se alimenta de primas de seguro.
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