Miguel Ángel Temprano
Trump en las elecciones de mid-terms de Novembre se juega algo más que el control de las Camaras
Las elecciones del 3 de noviembre pueden dejar a Donald Trump sin una o incluso las dos cámaras, abrir la puerta a un tercer impeachment y adelantar la batalla por su sucesión. El Senado se decidirá en un puñado de estados republicanos y el resultado puede terminar enfrentando dos formas muy distintas de heredar el trumpismo: JD Vance y Marco Rubio.
Las elecciones de mitad de mandato suelen explicarse como un referéndum sobre el presidente. La frase es cómoda, probablemente demasiado cómoda, pero esta vez tiene bastante de cierto. El 3 de noviembre los estadounidenses elegirán una nueva Cámara de Representantes y renovarán aproximadamente un tercio del Senado, aunque en realidad estarán decidiendo bastante más. Puede que estén fijando cuánto poder real conservará Donald Trump durante los dos últimos años de su presidencia y, quizá todavía más importante, cuándo comienza de verdad la lucha por quedarse con el espacio político que ha construido alrededor de sí mismo.
el Congreso parece que esta ya más cerca de cambiar de manos de que se mantenga la mayoria republicana
Lo primero que conviene decir es que la situación republicana no es buena. Tampoco catastrófica, al menos todavía. En la Cámara de Representantes la mayoría es tan pequeña que los demócratas apenas necesitan ganar tres escaños netos para recuperar el control. Con el voto genérico favoreciéndoles y Trump moviéndose en niveles de aprobación muy bajos, alrededor del 33% en algunas de las últimas encuestas nacionales, conservar la Cámara se ha convertido para los republicanos en una tarea bastante complicada. Yo asignaría hoy aproximadamente un 80% o 85% de probabilidad a que pase a manos demócratas.
El Senado es otro asunto. Aquí la aritmética importa mucho más que el clima nacional porque no se vota en todo el país al mismo tiempo y porque cada estado tiene su propia lógica. Los republicanos disponen de 53 senadores frente a 47 demócratas, lo que obliga a estos últimos a conseguir una ganancia neta de cuatro escaños. Parece poco, pero en realidad no lo es.
Además, hay que distinguir dos cosas. Una es defender los escaños que ya tienes y otra bastante diferente quitárselos al contrario. Para que los demócratas recuperen el Senado no basta con sobrevivir donde ya gobiernan. Tienen que entrar en territorio republicano y ganar varias veces.
Por eso no merece demasiado la pena detenerse en Georgia o New Hampshire salvo que la situación cambie radicalmente. Son escaños demócratas y, en principio, el partido parte con ventaja suficiente para conservarlos. Michigan sí merece una excepción porque ahí el riesgo es bastante mayor.
puede ser que los democratas se hayan pegado un tiro en el pie en un swing state como Michigan. Para la mayoria de los norteamericanos la palabra socialista es una termino maldito”.
Michigan tiene actualmente un escaño demócrata que queda abierto porque su senador no se presenta a la reelección. Ninguno de los dos candidatos que concurren en noviembre ocupa hoy, por tanto, el sillón. El enfrentamiento será entre el democrata Abdul El-Sayed y el republicano Mike Rogers y aquí veo un problema que no es únicamente demoscópico. El-Sayed representa claramente el ala más izquierdista del Partido Demócrata, ha sido respaldado por Bernie Sanders, Alexandria Ocasio-Cortez y buena parte de las organizaciones mas a la izquierda, como el ala denominada “Socialistas por America, con los que comparte una parte importante del programa económico de la izquierda socialista norteamericana.
Eso, en California o Nueva York, probablemente importaría bastante menos. Pero Michigan es otra cosa. Trump ganó allí en 2024 y existe una parte considerable del electorado norteamericano, especialmente entre votantes moderados e independientes, a la que cualquier palabra que se aproxime a “socialismo” le produce una alergia bastante inmediata. Es cultural. A nosotros puede parecernos exagerado, pero al votante norteamericano le han enseñado durante décadas que socialista está peligrosamente cerca de comunista y que comunista es exactamente lo que no quiere ser. Bernie Sanders es probablemente el ejemplo más evidente. Ha conseguido ser durante años la alternativa permanente para terminar sin ser nunca el candidato presidencial demócrata.
Por eso Michigan preocupa bastante más para los demócratas de lo que sugeriría una simple lectura de las encuestas. Algunas siguen mostrando una carrera muy ajustada y, aunque El-Sayed puede ganar perfectamente, yo no le daría hoy mucho más de un 45% o 50%. Si los republicanos recuperan Michigan, la aritmética para que los demócratas tomen el Senado se complica extraordinariamente. Y los culpables habrán sido ellos solos. El escaño que hoy tienen que ganar pasa a ser uno más.
en el senado estas eleciones deberian ser una elecciones comodas para los republicanos, por los escaños en concurso, pero parece ser que la economia las va a convertir en su peor pesadilla
Pero vayamos a donde realmente se juega la elección, que es territorio republicano.
Carolina del Norte probablemente sea hoy la mejor oportunidad demócrata para arrebatar a los republicanos un escaño. El sillón es actualmente republicano, aunque su senador ha decidido retirarse, por lo que ninguno de los dos candidatos que concurrirán en noviembre es el titular. El candidato demócrata lleva tiempo apareciendo por delante del republicano y algunas encuestas le conceden ventajas bastante amplias. Si tuviera que asignar una probabilidad, le daría entre un 75% y un 80% al candidato demócrata. No quiere decir que esté ganado. Quiere decir otra cosa, probablemente más importante. Si los demócratas no consiguen Carolina del Norte, me resulta bastante difícil encontrar un camino razonable hacia la mayoría del Senado.
Después viene Maine. Aquí sí tenemos un candidato republicano que ocupa actualmente el escaño y trata de conservarlo. Eso tiene bastante importancia porque la senadora republicana lleva años construyendo una identidad electoral parcialmente independiente de Trump y ha demostrado que existen votantes de Maine capaces de elegir simultáneamente a políticos demócratas y votarla a ella. Su principal activo no es precisamente ser republicana, sino haber conseguido durante años parecer algo menos republicana que buena parte de sus compañeros de partido. El problema es que esta vez el viento nacional sopla bastante más fuerte. Si el rechazo a Trump termina convirtiéndose en una ola demócrata, llegará también a Maine. Yo lo trataría prácticamente como una moneda al aire, quizá con una ligera ventaja para el candidato republicano por la condición de incumbente. Un 52% frente a 48% me parece razonable. No mucho más.
sin los democratas no ganan en Carolina del Norte, probablemente consigan su objetivo. Y si ganan en Texas, quiza ya parezca necesario seguir contando
Ohio resulta todavía más interesante. Ésta es una carrera que yo miraría con especial atención la noche electoral. Si los demócratas recuperan Ohio, tendremos algo bastante más importante que una mala noche republicana. Significaría que una parte de los votantes que respaldaron a Trump está dispuesta a diferenciar con bastante claridad entre el presidente y el candidato al Senado. Y eso sí sería una señal políticamente peligrosa. Las encuestas han reducido mucho la diferencia y la carrera está ya en territorio prácticamente empatado.
Iowa es quizá una de las mayores sorpresas de todo este proceso. Hace no demasiado tiempo incluirlo en una lista de estados realmente competitivos habría parecido buscar emoción donde no la había. Hoy ya no. Iowa tiene además una particularidad económica que conviene no olvidar. Es un estado agrícola y los efectos de los aranceles, de los costes de producción y de las dificultades del sector rural pesan mucho más allí que en un suburbio de Nueva York. Si la economía rural llega enfadada a noviembre, puede haber sorpresas.
Alaska tiene una lógica completamente distinta. En principio, por estructura electoral, el candidato republicano debería partir claramente por delante. El problema es que el candidato demócrata resulta extraordinariamente competitivo para los estándares de Alaska y algunas encuestas han llegado a colocar la elección prácticamente empatada. Alaska tiene una ley electoral y una cultura política tan particulares que conviene ser prudentes. Si el candidato demócrata terminara ganando allí, mi lectura sería bastante sencilla. Ya no estaríamos viendo simplemente una elección ajustada. Estaríamos viendo una ola.
quien iba a decir a estas alturas que un democrata podria ser uno de los senadores por Alaska
Y luego está Texas. Probablemente sea el estado más fascinante de todos porque hace unos meses decir que Texas podía ser decisivo para determinar el control del Senado habría sonado a exageración. Ahora ya no tanto. El escaño pertenece actualmente a los republicanos, pero el senador que lo ocupa no concurrirá en noviembre después de haber perdido la nominación de su partido. El candidato demócrata y el republicano aparecen muy próximos en distintas encuestas, algo que en Texas debería preocupar bastante al Partido Republicano. El último ciclo en el que un demócrata consiguió un escaño de ese estado en el Senado queda ya muy lejos. Aun así, Texas sigue siendo Texas. Yo no convertiría un empate demoscópico en una ventaja demócrata demasiado rápidamente. La estructura electoral, el voto rural y la capacidad republicana de movilización continúan siendo importantes. Ahora bien, si los demócratas ganan Texas, probablemente podremos apagar la calculadora. Porque para entonces es bastante probable que hayan ganado también varios de los otros estados competitivos y el Senado haya cambiado de manos.
La perdida de ambas camaras puede suponer para Trump los dos peores años de su vida politica. Un infierno
La aritmética, reducida a lo esencial, queda así. Los demócratas necesitan conservar casi todo lo que ya tienen, con Michigan como principal peligro, ganar Carolina del Norte y después llevarse aproximadamente tres entre Maine, Ohio, Iowa, Alaska y Texas. Si pierden Michigan, necesitarán uno más. Ésa es la dificultad real.
Se puede hacer. Pero hay que ganar muchas elecciones ajustadas en la misma noche.
Por eso yo mantendría actualmente la probabilidad de que los demócratas conquisten el Senado alrededor del 45% o 50%. La Cámara me parece bastante más probable. El Senado todavía no.
¿Y qué ocurre si Trump pierde una o las dos cámaras? Aquí empieza, a mi juicio, la parte verdaderamente interesante porque una derrota electoral puede producir consecuencias bastante mayores que simplemente aprobar menos leyes.
Una Cámara de Representantes demócrata podría paralizar buena parte de la agenda legislativa de Trump. Presupuestos, reformas fiscales, gasto y cualquier iniciativa relevante que necesite pasar por el Congreso quedarían sometidos a negociación. Pero quizá ni siquiera ése sería su principal problema.
El problema serían las investigaciones. Una mayoría demócrata recuperaría las presidencias de los comités, el poder de citación, la capacidad para exigir documentación y la posibilidad de obligar a comparecer a miembros de la administración. Dos años de presidencia pueden convertirse con bastante facilidad en una sucesión de audiencias, acusaciones, filtraciones y conflictos institucionales.
un tercer impeachment es posible. Echar a Trump, mucho menos
Y naturalmente volvería a aparecer una palabra que Trump conoce perfectamente. Impeachment. Ha pasado dos veces por ese procedimiento y pensar en una tercera puede parecer excesivo, aunque jurídicamente no tiene ninguna dificultad especial. Para que la Cámara de Representantes apruebe artículos de impeachment basta una mayoría simple. Si los demócratas ganan la Cámara, tendrán esa posibilidad.
Otra cosa completamente diferente es echar al presidente. El impeachment de la Cámara equivale esencialmente a una acusación formal. La destitución se decide después en el Senado y exige dos tercios de los senadores presentes. Si estuvieran los cien, harían falta 67.
Supongamos incluso una gran victoria demócrata y un Senado 52 a 48. Todavía faltarían quince votos republicanos para destituir a Trump. Con 51 a 49 faltarían dieciséis.
Por eso considero bastante posible que pueda abrirse un tercer proceso de impeachment si los demócratas controlan la Cámara, pero mucho menos probable que Trump termine efectivamente expulsado. Hoy colocaría esa posibilidad por debajo del 10%, salvo que apareciera algún hecho suficientemente grave para romper internamente al Partido Republicano.
como la mayoria de las veces los accerimos de los partidos no suelen estar en sintonia con los votantes. Y aqui es donde la sucesión juegará la ultima bola de Partido para Trump
Y ahí está precisamente la diferencia que más me interesa. Una cosa es sobrevivir jurídicamente y otra sobrevivir políticamente. Trump podría pasar los dos últimos años sometido a investigaciones permanentes, con una Cámara hostil, quizá también con un Senado adverso y sin posibilidad de volver a presentarse a la presidencia. Mantendría enormes poderes ejecutivos, pero cada mes que pasase aumentaría una pregunta que todos los partidos políticos terminan haciéndose, aunque intenten retrasarla.
Quién viene después.
Si Trump fuera realmente destituido, JD Vance se convertiría automáticamente en presidente. No habría elecciones anticipadas ni ninguna votación extraordinaria. La vicepresidencia existe precisamente para eso.
Y aquí aparece una curiosidad constitucional extraordinariamente interesante. Si Vance asumiera la presidencia después de enero de 2027, ejercería menos de dos años del mandato de Trump. Podría presentarse después en 2028 y nuevamente en 2032. En teoría podría llegar a pasar cerca de diez años en la Casa Blanca.
Hoy Vance es claramente el favorito entre los republicanos para 2028. Los promedios de encuestas le sitúan alrededor del 40%, mientras Marco Rubio se mueve aproximadamente en el 25%. La distancia es importante y tiene bastante lógica. Vance puede presentarse como heredero natural del trumpismo y como continuidad política de una base que sigue siendo extraordinariamente leal a Trump.
Pero aparece una contradicción que quizá termine decidiendo muchas cosas.
Vance parece hoy mejor candidato para ganar unas primarias republicanas. Rubio puede acabar siendo mejor candidato para ganar unas elecciones generales.
Vance arrastra unos niveles de rechazo elevados entre el electorado nacional. Rubio tampoco despierta entusiasmos universales, pero su valoración neta es algo mejor y, sobre todo, ocupa una posición política bastante curiosa dentro de la administración. Ha conseguido mantenerse cerca de Trump sin desaparecer completamente dentro de él.
Como secretario de Estado dispone además de una plataforma difícil de igualar. China, Irán, Rusia, Ucrania, América Latina, la OTAN o la relación con Europa le permiten construir una imagen de competencia internacional que Vance tiene bastante menos desarrollada.
Rubio podría terminar representando una suerte de normalización del trumpismo. Mantener una parte importante de su agenda económica, migratoria y geopolítica, pero recuperar formas políticas menos conflictivas y una relación diferente con las instituciones.
el mejor escenario para Marco Rubio es sin duda que Trump sobreviva
Vance representa algo distinto. Representa la continuidad. Y esa diferencia puede terminar convirtiéndose en el verdadero debate republicano de 2028.
Ahora bien, si Trump fuera destituido y Vance llegara a la presidencia antes de las elecciones, Rubio tendría un problema enorme. Tendría que enfrentarse en unas primarias a un presidente republicano en ejercicio. Puede hacerlo jurídicamente, naturalmente. Otra cosa es que tuviera alguna posibilidad razonable de ganar.
Por eso creo que el mejor escenario para Rubio es paradójicamente uno en el que Trump permanezca en la Casa Blanca. Que pierda una o ambas cámaras. Que sus dos últimos años terminen erosionándolo políticamente. Y que el Partido Republicano llegue a 2028 preguntándose si necesita continuar exactamente por el mismo camino o conservar una parte del trumpismo mientras abandona otra. Ahí Rubio sí tendría espacio.
Al final todo dependerá del tamaño de la derrota. Perder la Cámara por tres o cuatro escaños puede explicarse como la corrección habitual que sufren los presidentes en unas elecciones de mitad de mandato. Perderla por veinte o treinta ya es otra cosa. Mantener el Senado 51 a 49 permitiría a Trump conservar una herramienta institucional formidable. Perderlo 52 a 48 cambiaría mucho la segunda parte de su mandato. Y si además los republicanos pierden Texas, Ohio o Alaska, entonces el problema dejará de ser simplemente parlamentario.
Trump puede perder estas elecciones y continuar siendo presidente. Puede incluso ser sometido a un tercer impeachment y seguir en la Casa Blanca. Lo que no está tan claro es que pueda sufrir una derrota suficientemente amplia y conservar intacto el control político del Partido Republicano.
pero aqui los números cuentan. A los democratas les vale con ganar, pero si esto ocurre el tamaño de la derrota republicana decidirá lo que venga después
Ahí está, en mi opinión, la verdadera elección de noviembre.
Los estadounidenses creerán que están votando congresistas y senadores. En alguna medida también estarán decidiendo cuándo comienza realmente el final político de Donald Trump y cuál de los dos hombres que hoy aparecen mejor situados, JD Vance o Marco Rubio, llega con ventaja al momento de sustituirle.
Y eso puede terminar siendo bastante más importante que saber quién preside durante dos años un comité del Senado.